“Un potro a Singapur”, poema. Un puño de sangre alzado por Ángel Padilla.

Muchos dijeron que la poesía era imposible, nadie creyó en la posibilidad de crear una compañía para hacer algo a lo que nunca quisimos ponerle título, y puede que muy pocos creyeron en aquella persona que no había cumplido los diecisiete y que, consciente o inconscientemente, quería subirse a una cruz desde la que tú llevabas muchísimo tiempo sangrando.

Y es que, por muy difíciles que estén las cosas, el sinónimo de lucha y vida siempre lo encontraré en tu nombre.

Puede que esta noche no sea diferente, pero quise releer los poemas de “Alambradas”, y hay uno excesivamente representativo, no te lo puedo recitar porque no estás a mi lado, o quizás porque ya estás demasiado cerca.

No sé por qué, pero es lo que en estos momentos más consigue aferrame a ti, y eso es a poder seguir cabalgando sobre imposibles.

Para mí, es sin duda la persona más representativa, es mi hermano, pero para el mundo, es lo más parecido a una flor que he encontrado, es decir, un poema.

Como poeta, que no como crítico, puedo decir que en él, la poesía que llevaba más de veinte años sin un porqué claro, ha renacido. Ya eres inmortal, hermano. Los que lo lean y apoyen a él, también lo harán conmigo y viceversa.

Así que, ¿por qué ponerle nombre a los poemas? Esta noche es de los dos…


Un potro a Singapur…

Sin pretenderlo,
la escarcha
encerró aquellos golpes de mi cuerpo
en la infinidad nocturna
de este enjuto armario acristalado.

No obstante,
quizás la premonición era más fuerte
y prefiere vestirme entre trajes desaliñados,
mientras occidente viste a su marinería con botellas de gin…

Al otro lado del panel,
veo caer sus lágrimas traslúcidas,
me veo caer…

Los cordones
aprietan fuertemente el sedal rojo de los canales…
Ensucian su cara
con dossieres de menta
y retales corroídos en las páginas del boulevar.

Se cierra la puerta
y vuelvo a ese lugar
donde las gotas de sangre
parecen recordarme el perfil de sus ojos antiguos.
Ya no está,
lo siento,
la quise y la quiero
ahora que derrocho mis últimos besos
sobre las espuelas de mis rodillas:
sobre el látigo donde nunca volverá a sentarse.

Con los ojos cerrados
veo tras el cristal:

la luna se disuelve sobre las aguas,
y un trasatlántico despierta las últimas estelas
de la noche en el cabello de un potro a Singapur.

I love you…
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Una respuesta a ““Un potro a Singapur”, poema. Un puño de sangre alzado por Ángel Padilla.

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